Todavía me acuerdo, y bien que lo hago, cuando tus palabras me importaban, cuando tu imagen me atraía tanto que me daba miedo. Era un temor inmundo, odioso, al que escupía con desprecio.
Así te temía siempre que te acercabas y me mirabas, siempre a los ojos. Era imposible escapar de ti, hacerte menos, olvidarte. Era como querer olvidar a Dios, al que no existe, que no es y que nunca se aparece para dar una explicación. Era como querer odiarte sin sentirme atada a ti.
Por eso te maté, de una mordida te arranqué medio pescuezo y estuviste allí, algunos minutos, chillando y gritando con el pedazo de garganta que te quedaba. En mis mandíbulas, tu sangre se sentía caliente de amargura, ardiente de rencor. Eras tú la que me odiaba, yo sólo te daba vueltas en mi cabeza. Eras tú la que quería matarme, pero ya ves, lo dura que es la vida.
Hace mucho tiempo ya, pero todavía te llevo conmigo, te platico y te pregunto. Tú no puedes hablar, no tienes tráquea ni esófago ni nada, sólo un trozo de cuello, como un tronco a medio cortar. Eres muda y loca, y la locura te hizo sorda.
Ahora eres mía.